Pasaré a dar un pincelazo a mi vida pasada.

  

    Hasta los trece años fui un niño normal, en una vida normal. Pero las circunstancias de la vida me cambió a partir de una desgracia familiar, y toda mi vida de niño cambio. El golpe fue demasiado fuerte para que un niño pudiera entender la ley que gobierna la vida y la muerte. Este desconocimiento fue lo que hizo que muriese el niño y naciera un hombre a golpe de martillo.

 

   Fue entonces cuando mi mundo de niño se me vino abajo, se me cayó encima aplastándome las creencias que un niño puede tener de Dios. Cuando abrí  los ojos  y  miré  el  nuevo mundo  que me  rodeaba,  no  me gustó.  Era un mundo real pero cruel. Real por cuanto el destino del hom­bre era nacer, crecer, casarse, tener hijos, envejecer y morir. Y de repente lo vi todo claro; el destino del hombre era el mismo destino que tenía los animales, no me gusto mi destino. Fue entonces cuando mi cerebro se rebeló contra mi destino, que al fin y al cabo era también el destino de mi mente. A partir de ese pensamiento, en mi cerebro se formó toda clase de interrogaciones; interrogaciones que no podía aclarar ni dar solución a mi problema de lógica.

 

   Hoy sé que toda evolución tiene un precio, y yo tuve que pagar dicho precio que la evolución exigía; tuve que pagar por adquirir conocimiento, precio de sufrimiento por desarrollar la inteligencia. El precio exigido era el dolor, la soledad y el su­frimiento de no poder pensar ya como niño. Si existió una iniciación en mi vida hacia la sabiduría y el entendimiento, la prueba la tuve que pasar sin ningún guía. Si la prueba exigía dolor y sufrimiento, yo pagué con creces el precio de mi “iniciación”.

 

   Sin el vehículo cultural tan necesario para el hombre, entré de lleno en el pensamiento filosófico racional. Tan racional fue mi pensamiento, que llegué a comprender que el hombre no era ni más ni menos importante que un mineral, que un árbol, o un animal de cualquier especie. De esta manera llegué al conocimiento, y sentí que yo mismo formaba parte del todo y de la nada. Mi curiosidad, mi intensa curiosidad, me exigía ver, tocar y conocer todo lo conocible; saberlo todo, experimentarlo todo; todo pensamiento sin miedo ni a Dios ni al diablo.  Pero eso sí,  se desarrolló  en mí una gran tolerancia.  Tolerancia  que en todo momento evité violar las reglas del amor y los derechos de los demás.

 

   La cruel sabiduría, lo que yo entendía por sabiduría, me entregó a un estado agudo depresivo, en el cual mi peor enemigo era la misma vida, y mi verdugo  la muerte.  A pesar de todo,  también me vi  recompensado  con  un pensamiento puro y limpio, sin rastros posibles para la hipocresía dogmática de los religiosos y de los políticos. Y de esta forma se fue formando mi propia personalidad en la cual mi maestro fue mi propio cerebro.

 

   Hoy comparo todo lo que me pasó, y comparándolo con la simbología bíblica en el huerto de Edén, parece que comí del árbol prohibido de la ciencia del bien y del mal. Del mal, por cuanto comí del fruto prohibido antes de tiempo y por ello tuve que pagar un alto precio por saber y conocer. Y del bien, por cuan todo lo que comí y me llevé, lo entregué a mi prójimo sin que éste pasara por mi dolor, y sin esperar nada a cambio.

 

   La liberación me llegó  al cumplir  los veinte años de edad.  Fue en aquel tiempo cuando “Dios” quiso terminar con mi sufrimiento poniéndome a prueba. Mi prueba fue que me olvidara de mí mismo y me entregara a los demás. Hoy creo que no le fallé a “Dios”, porque “Dios” estaba conmigo aunque yo no lo sabía.

 

   Mi vida cambió radicalmente cuando entré a formar parte de una organización ONG, unión organizada contra el racismo, la marginación, la desigualdad de ricos y pobres, entre mayorías y minorías, entre fuertes y débiles. Pero en esta lucha se requería algo más que compadecerse de uno mismo, se requería entereza, cultura, conocimiento práctico y no teórico como era el mío. Algo más que tener o no tener razón. Debía aprender las reglas que impone la sociedad, la que cree tener razón en todo; sobre todo en su propia razón.

 

   Con este propósito tuve que prepararme a fondo en la cultura universal, sobre todo en lo que se refiere a ciencia y tecnología; y adquirí unos conocimientos nuevos en un ni­vel cultural... Hoy sigo siendo un estudiante, maestro de nada, que se enseña así mismo. He leído y sigo leyendo, todo libro que cae en mis manos, y los leo con  deleite y sin prejuicios mentales.

 

   Declaro sin orgullo ni vanidad, ser un autodidacto, polifacético, que conoce un poco de todos los temas. Declaro tener un pensamiento universal, el cual  me hace ser tolerante con todas las culturas humanas. Admiro  y respeto toda  forma  de vida,  porque he entendido  que  en  lo  diferente  está  la armonía  y el amor; pues el mismo pude entenderlo, así pude admirar nuestro mundo como un jardín de bellos colores.

 

   Toda mi vida vengo luchado por la justicia, la tolerancia y la igualdad.  En esta lucha he tenido varias experiencias, momentos gratos y también desagradables, ánimos y agobios. Pero en sí, todo ha sido muy positivo. En dicha lucha, he aprendido mucho más que en  la Universidad.

 

   Nos hemos enfrentado a todos los niveles estatales y gubernativos, y con ello, hemos conseguido un poco más de igualdad un poco de respeto, y un poco más de convivencia, pero todavía falta mucho por conseguir la total igualdad entres seres humaos.

 

He luchado contra el racismo y la intolerancia, he dado conferencias culturales en Universidades, Institutos y colegios. En mi lucha por la igualdad, he sido entrevistado por televisión, radio y prensa. He sido articulista en periódicos y revistas. Declaro haber vivido una vida intensa llena de emociones, he vivido sabores y sinsabores, penas y alegrías; y en esto consiste vivir la vida en plenitud.

 

   En cuanto a lo espiritual, también tuve que prepararme para poder ayudar a los más necesitados (obviamente sin la creencia en Dios), sino humanamente. A veces hasta he tenido que ejercer de consejero espiritual en lo tocante a problemas psíquicos, complejos y depresiones. Ya que por mi experiencia vivida durante tanto tiempo hundido en la desesperación, me había convertido en un experto psicólogo conocedor del alma humana que sufre. Pues todo el sufrimiento sufrido si es superado, hace del quién lo sufre, sea más fuerte. Y yo, durante más de diez años, llegué al límite del sufrimiento. Tal experiencia me había moldeado para comprender, atender y amar a los que sufren. Fue tan elevado en mí este sentimiento, que hoy no dejo de pensar si el mismo Dios fue quien moldeó mi corazón para entregarme una misión más alta que la que yo tenía en mi vida.

 

   Cuando llegó el momento de mi “liberación espiritual”, (espiritual entre comillas, porque nunca se sabe sí es real o no; aun así, yo correspondí a ella).  En mí cambiaron puntos de vista, y en éste caso, la  persona que se liberaba, era ateo. Tan ateo que no aceptaba nada que no se pudiera ver, tocar y examinar con la razón. Todo lo demás, para mí, era psicótico y milagrero, y  yo  no estaba por los milagros ni por lo ficticio,  ya que mi mente era, y es, muy racional. Sin embargo, entendí y quiero entender, que debe haber algo más que el puro racionamiento material.

No intento dar lecciones a nadie, cada ser humano es un mundo, por ende somos nosotros mismo los que nos tenemos que ayudar, de otra manera, ¿cómo podemos esperar ayuda de alguien?

 

No me siento solo, compañeros de todos los países me acompañan en la lucha contra la maldad, la injusticia y la opulencia mientras medio mundo se muere de hambre.

 

Jeshua.